12 de julio de 2016

Clutch Shot. Epílogo.

Ay... Hermoso día. Otro más en el límite que separa la inocencia no probada de la culpabilidad verdadera. Ah, por cierto, delicioso desayuno. Sabe mejor cuando nadie sabe que has sido un chico muy malo.
¡Oh, vaya! Pero si estáis ahí. Perdonadme, ni siquiera me había dado cuenta de que leíais estas líneas a las que podría titular... No se... ¿"Mi confesión"? No, espera, eso se hizo con Armstrong.
¿"Mil maneras de morir"? Oh, eso sería gracioso pero creo que ya está cogido. ¡Oh, maldita sea! ¿A quién debo matar para escoger un título aparente?
Eh, vosotros, ayudadme a obtenerlo. Se lo podría preguntar al pobre Will, pero da la casualidad de que me lo he cargado. ¿No es irónico?
Veréis, me llamo Howard Kingsley. No se por qué os estoy dando la mano si ni siquiera sois humanos físicos; sois simples lectores de mis terroríficas acciones.
Esperad. ¿De verdad he dicho terroríficas acciones? Quería decir actos de justicia. Os contaré mi historia:

Conocí a William en un campus universitario en Michigan antes de llegar a los Bulls, un chico majo, profesional y, demonios, ya se le veía que iba a ser una estrella. Pero chico, existía un problema bastante grande: resulta que YO era la estrella, YO estaba destinado a ser el MVP de aquel estúpido torneo y YO era el que más ligaba y con el que mejor se lo pasaban las chicas en los vestuarios, ya me entendéis.
Y todo fue así, hasta que ese niñato de falsa timidez llegó al torneo. Todo comenzaron a ser halagos, elogios y vítores hacia él. Ya casi nadie se acordaba de mí porque todo el jodido mundo, periodistas, aficionados y gente de otros equipos, estaban rodeando y avasallando a ese tal William.
Maldita sea, me había robado todo lo que era mío. Yo había deseado esa fama desde que nací, ese era mi momento, yo era el elegido para llevar la Liga al resto del mundo, y él no era nadie.
Entonces, según avanzaba el torneo, tuve la oportunidad de acercarme más a él y conocerlo mejor.
Ni siquiera sabía por qué tanto barullo, él solo quería ganar e irse a casa satisfecho de lo que había conseguido. ¿Estás de coña? Esas frases no hacían más que aumentar mi envidia, así que decidí recuperar esa fama por mis métodos:
Comencé a promediar números de escándalo, a la altura de los suyos, para colocarme en los dos primeros puestos para el MVP. Además, conseguí tirarme a unas cuantas de sus aficionadas más cercanas, lo que hace el alcohol son maravillas. Y, finalmente, llevé a mi equipo a la final en la que me enfrentaría a él.
En los vestuarios me deseó suerte. El pobre no sabía que había contaminado sus botellas de agua.
Ganamos el torneo con una diferencia de 25, justo los mismos puntos que YO metí y, entonces, llegó el momento de los premios... ¡Y ese maldito niñato me volvió a robar la fama ganando el MVP!
Desde ese momento le juré venganza, esa que estuve un año planeando hasta que un día me llamó.
Me dijo que tenía una gran oportunidad para mí, ya que los Bulls querían hacerme una prueba para comprobar si me introducían en su plantilla.
Acepté, claramente, ya que era un paso más a mi venganza y, además, ya tenía todo preparado: su historial médico con sus problemas de estrés, sus alergias, sus miedos, sus puntos débiles.
Fue solo cuestión de tiempo adquirir un medicamento que incluyera el famoso Tartrato de metoprolol para su sensible corazoncito y una minúscula jeringuilla que inoculara la dosis en su cabeza.
La cena transcurrió bien, él estaba solo en casa ya que su familia había salido a cenar fuera. Nos dimos un abrazo al llegar, cenamos comida bastante rica y, tras despedirnos al terminar de acordar mi participación en las pruebas, llegó el momento perfecto.
Un apretón de manos y otro abrazo que se convirtieron en su tumba y en mi perfecta venganza. Clavé la jeringuilla en su cabeza mientras él se quedaba paralizado mirándome, tambaleándose cada vez más confundido y aquejado de los momentos secundarios mientras yo solo miraba y sonreía y, debo confesarlo, le contaba cómo me había tirado a su hermana en Michigan como venganza.
Finalmente, cuando cerró los ojos, golpeé su cabeza contra el pico de la encimera para enmascarar mi implicación en el crimen.
El resto ya lo sabéis. Oh sí, también dejé los cuchillos alineados alrededor del cuerpo de William de forma que se pudiese leer "YO". Así, de esa dulce y sangrienta forma, recuperé mi fama.
Desde entonces sigo jugando en Chicago y he recuperado el mismo nivel de reputación que poseía en aquellos tiempos del campus universitario.
Sí, apasionados lectores, siempre he estado aquí, delante de vuestras narices, llorando la muerte de William desde el vestuario del pabellón junto a los demás chicos, junto a la apasionada Amanda, el capitán Luke, el comisario y todos los demás. Es una pena que los investigadores de esta ciudad sean tan pobres y deficientes. Pazguatos, si supieran...
En fin, sí, hace un hermoso día para seguir en libertad.
Por cierto... ¿Me acompañáis a entrenar al pabellón? Me caéis bien. De verdad.
Casi tanto como William...

©AitorAlberto

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