23 de abril de 2016

Carta a Kobe

Aquí me hallo, desde mi humilde hogar un barrio de Madrid dándote las gracias por todo.
Aunque no te haga falta, aunque no me conozcas ni lo vayas a hacer nunca por caprichos del destino.
Pero aquí me encuentro compartiendo pasión contigo, tanto por el baloncesto como por esa camiseta amarilla y púrpura a la que tanto has dado.
Desde el madrileño barrio de Ciudad de los Ángeles, bendita casualidad que comparta el nombre con la ciudad a la que tú tanto regalaste, recordando con cariño todas las exhibiciones y alegrías que brindaste a una afición exigente, aunque entregada en la victoria.
Tú como nadie representaste los valores de una franquicia histórica, ganadora y acostumbrada a la magia representada por muchas de sus leyendas.
Quién sabe si la historia hubiera sido diferente si en aquel año 1996 hubieras decidido quedarte allí, en Philadelphia, en tu hogar, para dar a su equipo toda tu magia.
Pero no fue así, elegiste en aquel Draft venir a Los Ángeles antes, incluso, que irte a Boston para jugar con los archienemigos púrpuras, los odiados (aunque amados en el fondo por todo amante del baloncesto NBA) Celtics. Y está bien, porque con el paso de los años hemos aprendido a percibir la ironía del asunto en tu foto con la camiseta de entrenamiento verde.
Y se perdona, al igual que se perdonará cuando entre en la historia a Paul Pierce, por haberse marchado a Boston siendo él, desde pequeño, hincha Laker.
Y se perdona porque te tuvimos a ti. Al mago del balón que parecía pensar solo en cada victoria aunque le llovieran insultos en canchas rivales, al inventor de jugadas imposibles a quien no le importaban las críticas ajenas y disfrutaban con ellas.
El más odiado del lugar y el más querido dentro del hogar.
Y llegó 1998, tu primer All-Star solo dos años después de haber llegado a la liga. Dos años después, en el 2000 tu primer anillo, con tu amigo y enemigo Shaquille O'Neal y gracias al bueno de Phil Jackson, que consiguió darte dos títulos más.
Y pasaron los años entre dos anillos más, al lado de tu hermano Pau, entre distinciones personales, récords y nominaciones al All-Star, hasta que llegó el gran bache.
Tu cuerpo te pedía descanso mientras tú le pedías un esfuerzo más, como aquel que todos los aficionados te pedían para salvar las malas noches y los partidos aciagos. Pero él no respondía como tu leyenda se merecía y la mala racha de nuestro (el tuyo y el mío) equipo hacía que el foco se oscureciese sobre ti.
Decidiste seguir porque sabías algo que nadie más podría imaginar. Ni siquiera los que, como yo, confiábamos en ti ciegamente y soñábamos con verte haciendo ese esfuerzo final que terminara de agrandar tu leyenda.
Y así lo hiciste. Y comprobaste en tu piel y en tus emotivas lágrimas cómo las críticas, que en su día hacían ácidos los partidos fuera de casa, se volvían aplausos y agradecimientos por estos veinte años de baloncesto.
Y quisiste volver a ser más grande que nadie por una noche más anotando 60 puntos en Los Ángeles, en el Staples Center, en tu segunda casa y en tu último partido dejándonos a todos tus seguidores embelesados y enamorados de tu juego por última vez.
Por todo esto, por tu lucha sin fin.
Por tus cinco anillos vestido de amarillo y púrpura.
Por los 81 puntos ante Toronto aquel 22 de enero de hace diez años en el Staples Center.
Por tus 60 puntos en tu último partido.
Por todos aquellos momentos de suspense a falta de 2 o 3 segundos cuando tú ganabas el partido solito.
Por todos tus fade aways, triples imposibles y reversos maravillosos.
Por ese concurso de mates que ganaste en la primera ocasión a la que fuiste.
Por haber formado parte de dos de las mejores parejas de la historia de Los Ángeles Lakers.
Por haber honrado a la franquicia como solo las grandes leyendas del equipo pueden hacerlo.
Por todo esto, y mucho más... 
MUCHAS GRACIAS, KOBE BEAN BRYANT.

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