1 de julio de 2016

ROARWOOD. CAPÍTULO 1


Aquellas cuatro paredes seguían siendo su cárcel, y estaba visto que pasaran los años que pasaran así seguiría siendo hasta el final de sus días. El nauseabundo olor a putrefacción invadía todo el habitáculo y se alargaba por las paredes y el techo, para ella el hedor ya pasaba inadvertido, su pituitaria se encontraba destrozada después de tanto tiempo siendo maltratada.



Todo estaba oscuro, la negrura crecía espesa a lo largo de las paredes, el único punto de luz que había, era la pequeña ventana medio tapada con tablones de madera podrida. A veces, hacía caso omiso al dolor, se ponía en pie e intentaba ver algo a través de las rendijas, pero no llegaba a aguantar más de cinco minutos cuando tenía que volver a recostarse en el frío y mugriento suelo.

Tenía sed y hambre, hacía meses que había dejado de llevar la cuenta de cuándo le llevaban los víveres. Ya no le importaba nada, ni siquiera buscaba la manera de escapar, las fuerzas había ido escapando de su débil cuerpecillo y de su mente. Había ciertos momentos en los que imaginaba en que un día llegaría el momento de salir, ver el mundo que allí fuera la aguardaba, de lo lenta que sería su recuperación, pero que a fin de cuentas se encontraría en la felicidad plena después de haber pasado por aquel calvario. Ese sueño había tocado a su 
fin.

Se había rendido.


Todos los habitantes volvían la cabeza para mirar, no creían lo que sus ojos estaban contemplando, los más incrédulos pensaban que sería un extranjero desubicado que se había tomado la salida incorrecta y había acabado allí. Nada más lejos de la realidad.

El coche enfilaba por la calle principal, majestuoso, con las lunas tintadas para darle más dramatismo al asunto. Y así era, cuantos menos detalles podían conseguir los lugareños, más curiosidad les entraba por saber quien conducía aquel Mercedes. El conductor sonreía amargamente sin ser visto, echó otro pequeño vistazo al GPS y siguió de frente hasta que se le hubo acabado la carretera. El camino de subida era sinuoso, lleno de piedras y tierra. Estaba parado justo al pie de la colina, con el ceño fruncido y con un disgusto que no le cabía en el pecho. No podía subir aquella maravilla de coche por aquel camino de cabras, pensaba.


- Adelante, ¿a qué esperas? – se oyó desde la parte trasera del vehículo.

Pero, pero señora... El camino...  

- ¡Oh vamos Pierre! No pretenderás que subamos tooodoo el equipaje por esa cuesta, ¿verdad? Tampoco es para tanto, sólo es un camino de tierra, no un desfiladero.

Pierre sabía perfectamente que esas eran las últimas palabras y que debían de ser acatadas, con todo el dolor de su corazón metió la marcha, y con la mayor suavidad que le permitían las piedras fue subiendo despacio hasta llegar a la entrada de la casa.

El sol relucía imponente en el cielo, ni una nube se asomaba por el horizonte, el aire allí era puro. Salió de la parte de atrás, estiró su cuerpo entumecido por las horas de viaje y echó un vistazo a todo lo que la rodeaba. Al mirar hacia abajo, observó divertida que la gente empezaba a amontonarse para ver al nuevo intruso. Ni corta ni perezosa alzó la mano y los saludó con una sonrisa de oreja a oreja. Esto desató un cúmulo de murmullos entre los vecinos, que no daban crédito a lo que estaba pasando.

Y lo que a todos se les estaba pasando por la mente, era como aquella joven chica iba vivir en aquella casa endemoniada.

La puerta principal se había hecho de rogar más de lo esperado, luego quizá la echara un vistazo. Ahora solo podía pensar en los entresijos que aguardaban en aquella casa, los misterios escondidos en las diferentes habitaciones y los secretos que las familias anteriores habían depositado entre esas paredes.

Pierre se encontraba echando un vistazo por el pueblo, y comprando una serie de cosas que iban a necesitar, como por ejemplo algo que llevarse a la boca después del arduo trabajo que tenía por delante.

En total eran seis habitaciones, cada cual con sus respectivos baños, el dormitorio principal además, estaba dotado de un cuarto contiguo que ella usaría como vestidor. Los ojos se le salían de las cuencas ante tanta expectación. Ella no se fijaba en el polvo, la mugre o los muebles anticuados y rotos, sino en todo el partido que le podría sacar a cada una de ellas, la decoración que les vendría mejor, los arreglillos que necesitaban...

Según iba paseando por los pasillos iba hablando consigo misma.

- Todo necesita una mano de pintura y un fregado a fondo, pero es todo con lo que había soñado - comentaba en voz alta – Llenaré los largos pasillos con cuadros y fotografías, aportaré luz y vida a este hogar.

¿Qué eran aquellos ruidos? ¿Y esas voces?

Era todo parte de su imaginación, quizá estuviera delirando por la falta de nutrientes, pero juraría que aquello era real. Tenía la boca tan seca que apenas podía emitir ruido alguno para que la oyeran. Empezó a arrastrarse por el suelo hasta llegar a la pared que tenía enfrente, retrepó por ella y pegó la oreja para conseguir escuchar algo.

“...pintura y un fregado...fotografías, aportaré luz...”. Era todo lo que había alcanzado a oír, parecía una voz de mujer y denotaba ¿entusiasmo? ¿Quién en su sano juicio se entusiasmaba en aquella casa? Desde luego que ella no, estaba allí en contra de su voluntad, pero todo allí era siniestro.

Se quedó allí parada, sin fuerzas para volver a su sitio.
Pasaron horas y horas y no volvió a oír nada en absoluto, su mente le había pasado una mala pasada, otra más que acrecentaba la lista. Una lágrima rodó por su mejilla hasta estrellarse en el negro suelo.

En aquel instante sólo se le pasaba una cosa por la mente.


Quería morir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todos tenemos opinión, lanza la tuya